
En este post dejamos las indicaciones para los "nosotros" y para los "otros" a la vez que recibimos las palabras d elos Obsipos con gran alegría, satisfacción y fundamentalmente con renovada esperanza.
Vocación
Pero las personas separadas y divorciadas no han de limitarse a recibir ayuda.
Ellas mismas tienen un papel que desempeñar en la vida de la comunidad, y son ciertamente muchas las personas que, a partir de su propia experiencia de sufrimiento, están acompañando a otros fieles que tratan de superar sus dificultades matrimoniales.
Aplaudimos tan cristiana solicitud, que es un signo de plenitud de fe.
Y estamos seguros de que vosotros, que habéis sido víctimas de una ruptura matrimonial, estáis llamados a compartir vuestro valor y vuestra fe con quienes se encuentran en una situación similar.
Misericordia
Todos los que tenemos parte en el sacerdocio de Jesús, por razón de nuestro bautismo, tenemos que servimos unos a otros con un amor caracterizado por la misericordia.
La misericordia es el poder unificador y
enriquecedor que hace posible la compasión.
El papa Juan Pablo 11 escribe que esa clase de amor significa «la ternura y sensibilidad de corazón de la que tan elocuentemente habla la parábola del hijo pródigo, o la de la oveja extraviada, o la de la dracma perdida... indispensable en la tarea pastoral» (Dives in misericordia, 14).
Sed especialmente respetuosos de la conciencia y las convicciones de los demás.
Cuidad de no imponer excesivas cargas, para no aislar más a quienes ya están solos ni permitir que nuestra propia ignorancia o nuestros prejuicios bloqueen el poder sanante y vivificador del Espíritu Santo (véase Evangelii nuntiandi, 79, escrita por el papa Pablo VI en 1975).
Al tenderos la mano a vosotros, católicos separados, divorciados y casados de nuevo, os ofrecemos la seguridad de que sois amados.
Si vuestras actuales dificultades os parecen a veces insuperables, oramos para que la solicitud con que sois atendidos en vuestras respectivas comunidades parroquiales sea la semilla de la esperanza y la alegría en vuestra vida, y para que encontréis la paz.
La suave caricia de Jesús se hace presente en el espíritu de hospitalidad que idealmente anima cada parroquia.
Compasión, no lástima
Cuando Jesús pide a sus seguidores que sean «misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lucas 6,36), nos pide que estemos al lado de los atribulados y desdichados, para llevar una parte del peso de su carga y ayudarles a levantar de nuevo sus cabezas y sus corazones.
La compasión no tiene nada que ver con la lástima o con el simple sentimiento de pena por el otro. La compasión consiste en compartir activa y gratuitamente cualesquiera sufrimientos que el otro esté soportando.
Tal compartir, que ha de procurar siempre no forzar la privacidad del que sufre, aporta esperanza y alegría, porque restaura el sentido de pertenencia a la persona sola y asustada.
La compasión se vuelve más tangible y, consiguientemente, más posible cuando cada uno de nosotros reconoce la necesidad del amor paciente, tierno y misericordioso de Dios en nuestra propia vida.
Entonces, animados por la inefable riqueza de la compasión de Dios, «con nuestra inquietud, nuestra incertidumbre e incluso nuestra debilidad y pecaminosidad, con nuestra vida y nuestra muerte» (Redemptor hominis, 10), nos alentaremos unos a otros y nos mantendremos más cerca de Cristo, nuestra última esperanza y alegría.
Fuente:
Declaración publicada en principio por los obispos de Nueva Zelanda en 1982 y que posteriormente la hicieron suya los obispos de Australia.
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