
En este post, el autor nos da su entrega final de este excelente artículo, compartiendo con todos su pensamiento, con el cual difícilmente algún católico divorciado en nueva unión, de cualquier lugar del mundo pueda sentirse que no representa su propio sueño, su ilusión y fundamentalmente su necesidad.
Me gustaría terminar con otras palabras del mismo autor con el que comenzaba este artículo.
Todos los que tenemos alguna responsabilidad en la Iglesia, por pequeña que sea, deberíamos preguntarnos con la mano en el corazón y con el corazón cerca del Señor si «la exclusión de los sacramentos de la Iglesia de unas personas que se han separado sin culpa por su parte, y viven en un segundo matrimonio humanamente bueno, [...] puede hoy en día aportar algo en orden a reforzar la lealtad al vínculo indisoluble del matrimonio o fortalecer a los cristianos frente a la tentación». B. HÁRING, op. cit, p. 136.
Ojalá que juntos, como «Pueblo de Dios en marcha», hagamos vida... en la vida de las personas divorciadas, las palabras que rezamos al celebrar la Eucaristía, recordando que Jesús es modelo de caridad: «Él manifiesta su amor para con los pobres y los enfermos, para con los pequeños y los pecadores.
Él nunca permaneció indiferente ante el sufrimiento humano; su vida y su palabra son para nosotros la prueba de tu amor; como un padre siente ternura por sus hijos, así tú sientes ternura por tus fieles». (Plegaria Eucarística V/c)
Porque, como bien sabía San Juan de la Cruz, al caer de la tarde, (a TODOS) sólo nos examinarán de amor.
Fuente:
Revista Sal Terrae, Nº 93 (2005) páginas 963-974,
Artículo: ¿El abrazo que no llega?
Autor: Pablo Guerrero Rodríguez SJ
Asesor familiar. Madrid.
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