En 20 días comienza el mundial de fútbol y el planeta se
detendrá, por un mes sólo se hablara de eso, En ciertos casos hasta el
hartazgo.
Algunos gobiernos lo utilizarán políticamente y no sería
de extrañar que sucedan cosas que en otro momento fueran indigeribles para la
sociedad pero que aprovechando la coyuntura pasaran casi desapercibidas.
Nada de esto es novedoso, la memoria y las presunciones
nos dan pábulo para pensar así.
Tan cierto como esto es la debilidad que tiene el papa
por este deporte que es pasión de multitudes y que ha dado muestras más que
suficientes, al menos a juzgar por las camisetas de equipos que deben adornar
su mini museo de recuerdos futboleros en El Vaticano.
En función de todo esto sería una muy buena oportunidad
que entre tanto jolgorio, tanta atención mediática, tantos bares llenos viendo
a los equipos que participan y en medio de la explosión emocional de
nacionalismo aprovechara para dar alguna solución a la problemática de los católicos
divorciados en nueva unión que dicho sea de paso, ya llevamos bastante tiempo
de espera.
Seguramente la noticia pasaría desapercibida entre goles,
penaltis, expulsiones y controles anti doping hasta para los más conservadores,
nostálgicos preconciliares y custodios de la moralidad (ajena) entre otros magnánimos
exponentes.
Esperemos que esta nueva posibilidad que nos brinda el
deporte no sea desperdiciada, ya que una alegría de esta envergadura la
festejaríamos más que un gol de media cancha.

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