Aunque en breve se cumplirán
1.000 años del descubrimiento de la pólvora, aún hoy, encumbrados apóstatas de
la misericordia, siguen creyendo que con algunas definiciones descubren la pólvora
cada día.
Los católicos divorciados en
nueva unión no necesitamos que a cada instante día aparezca un ilustre
inmisericorde a decirnos que no podemos acceder a los Sacramentos. Eso ya lo
sabemos y de sobra.
Parece que no se enteran, o no se
quieren enterar, que el tema pasa por otro lado y que los que vivimos esta problemática
lo tenemos bastante claro, aquí la pretensión no es “comunión para todos” como
si fuera café con leche, aquí de lo que se trata es de modificar las
condiciones y requisitos que imponen los Tribunales Eclesiásticos para que los casos sean atendidos
con celeridad y sin tantas restricciones que impulse a la gente a decir: mejor
no pierdo tiempo, al menos hasta que sea rico o famoso.
Partamos de un supuesto no muy
acertado pero si graficante: si un católico mata
y se arrepiente de corazón,
aunque no pueda enmendar el daño ocasionado puede acceder a la Confesión y
luego comulgar, aunque deba hacerlo el resto de su vida en la capilla de la penitenciaria
donde esté alojado.
Pero si el mismo asesino ya en prisión se divorciara, por la causa que
fuera y aunque detenido cumpliendo su deuda con la sociedad, decidiera volver a
casarse entonces a partir de ese momento los más circular y blanco que podría llevarse
a la boca sería una aspirina. Cosas
vederes Sancho que non crederes.
Católicos (por el hecho haber
sido bautizados) somos en el mundo 1165 millones, obviamente no todos casados,
muchos menos divorciados, todavía menos vueltos a casar y si a este último
grupo lo circunscribimos a creyentes, comprometidos y afectados realmente por
el hecho de no poder acceder a los Sacramentos el total tan inferior que seguramente
llamaría la atención por lo bajo del resultado y a esos es a los que se les
debe dar una oportunidad.
Al que el tema no le interese ninguna
solución que se plantee le cambiará la
vida, y de eso alguien debería hacerse cargo, y no hacerse los distraídos que
el sayo les viene a medida y les calza como un guante.
¿Quien puede pensar que si se
entiende la problemática y se actúa en consecuencia los templos se llenarán de
pecadores irredentos, de promiscuos obsesivos o de divorcistas compulsivos? Por
favor, va siendo tiempo de hablar en serio.
Que se haga algo con los
divorciados en nueva unión que reclaman misericordia es mucho más que un acto
de justicia, es una reparación histórica de una situación que a través de los
tiempos nadie ha tenido la valentía de encarar con seriedad, atándose exclusivamente
a la letra dura del evangelio, sin incorporar nada que haga que realmente se
predique con el ejemplo.
Los que vivimos con esta espina
clavada en el alma merecemos que nuestra problemática se trate como decía Monseñor
Enrique Angelelli (obispo argentino asesinado, camino a la santidad) con un oído
en el pueblo y con otro en el evangelio, así y sólo así se podrá encontrar una
salida, de otro modo cada día seremos menos los que sigamos preocupados por la
situación ya que no es de extrañar que muchos agobiados y agotados en la
esperanza terminen tirando el esfuerzo y la esperanza por la borda.
Tanta intransigencia no conducirá
a ninguna mejoría, más bien, todo lo contrario.
Mundy
labarca@ymail.com

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