julio 28, 2014

RESPUESTAS A UN PERIODISTA ESPAÑOL (parte 20)

¿Se puede ser divorciado y permanecer en el seno de la Iglesia?

            No es que se pueda o no se pueda, es que se debe, no hay ningún motivo ni explicito ni implícito que apunte a dejar de lado convicciones, creencias y deseos de progresar en la fe, todos los documentos eclesiales lo dicen y lo reafirman.

            La Iglesia no se formó con prohombres declarados, los apóstoles eran gente normal, gente del pueblo, gente con sus aciertos y sus errores y los divorciados en nueva unión no constituimos ninguna sub especie, por lo que nada ni nadie puede arrogarse el derecho de constituirse en receptor unipersonal de un legado y en virtud de eso decidir sobre los demás.

            La unión con la Iglesia se da por el Bautismo y no por ninguna concesión graciosa de nadie y en consecuencia nadie tiene derecho a determinar la permanencia o no de cualquiera en su seno.

            Otra cosa muy distinta es que para pertenecer y ser algo así como miembros plenos haya que cumplir determinados requisitos, los cuales pueden o no ser del gusto de cada uno, pero una institución a la carta es algo que no existe y que no existirá jamás.

            Los católicos divorciados en nueva unión no bregamos por una Iglesia a nuestra medida, al menos los que vamos de la mano con la racionalidad, simplemente abrigamos la esperanza que algún día las cosas cambien y que de ese modo podamos restablecer una relación que al momento la tenemos algo restringida.

            Todo esto sin detenernos a considerar las actitudes de otros que en la apariencia cumplen con todo y que quizás no lo sea tanto, ante la mirada pasiva de aquellos mismos que nos dan lecciones de catecismo elemental o de teología aplicada cuando hablamos de la angustia que nos produce el no poder acceder a los Sacramentos.

El fracaso en un matrimonio que quizás tenga tantos elementos de nulidad o aún más que el de algunos que han tenido la bendición de recuperar la aptitud nupcial, ya es suficiente trauma como para agigantarlo por equivocadas discriminaciones.

            Si quienes sufrimos por la situación de no tener acceso a la Eucaristía ofreciéramos nuestro dolor por la paz en el mundo, quizás los fabricantes de armas se declararían en bancarrota y los mercenarios tendrían que dedicarse a cosechar los campos, pero nada está definitivamente perdido, aún nos queda la esperanza.