ASI SOMOS

Algunos nos llaman adúlteros, nosotros preferimos definirnos como:

católicos por el bautismo, comprometidos por la fe, independientes porque nadie nos ha lavado el cerebro, divorciados por que las circunstancias de la vida nos han llevado a un fracaso y en nueva unión porque creemos firmemente en la familia como célula básica de la sociedad y hacemos de la Comunión Espiritual nuestro alimento del alma y porque nos sometemos al Fuero Externo.

Todo esto aunque los retrógrados y preconciliares nos digan simplemente ADULTEROS.
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marzo 08, 2009

CUANDO LOS SUEÑOS MUEREN (parte 1 de 5)


Hace algunos días, desde Bs. As. (ARG) Graciela nos envío un artículo excelente que incluía como referencia esta declaración, la que fue publicada en principio por los obispos de Nueva Zelanda en 1982 y posteriormente la hicieron suya los obispos de Australia.

Como su extensión supera los parámetros que tenemos establecidos, la hemos dividido en 5 partes para facilitar su lectura, esperemos que la lean con detenimiento, ya que es un canto a la esperanza.

El título original era el siguiente: Cuando los sueños mueren


La atención pastoral a los católicos separados y divorciados

La esperanza y la alegría nacen de la compasión. Las personas compasivas muestran el rostro de Dios a un mundo en el que son muchos los que se ven afligidos por la tristeza, la duda y el miedo.

La esperanza y la alegría son la promesa y el don que el Padre ofrece a su amada creación.

Y la llamada que el Señor Jesús hace a cuantos siguen su camino es una llamada a ser compasivos y por¬tadores de esa esperanza y esa alegría.

Y como estamos convencidos de ello

y deseamos proclamar nuestra propia esperanza y alegría en Jesús resucitado, os escribimos a vosotros, creyentes católicos, acerca de aquellos hermanos nuestros, igualmente católicos, que padecen el dolor y la pérdida de una ruptura matrimonial.

Estos hermanos y hermanas nuestros pueden muy fácilmente sentirse «excluidos» e incluso considerados como católicos «de segunda categoría» cuando ven cómo otros católicos se muestran indecisos a la hora de confraternizar con ellos y acogerlos en la vida parroquial.

Esta indecisión, a veces experimentada como frialdad, puede obedecer a mera perplejidad o a una falsa percepción de la situación.

Pero también puede deberse a la idea errónea de que esas personas están, de alguna manera, en pecado.

Lo cual no es necesariamente cierto: la separación matrimonial o el divorcio civil no significan, de por sí, alejamiento alguno de la Iglesia.


Fuente:

Declaración publicada en principio por los obispos de Nueva Zelanda en 1982 y que posteriormente la hicieron suya los obispos de Australia.


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CUANDO LOS SUEÑOS MUEREN (parte 2 de 5)


En esta 2º parte, vemos como consideran nuestra situación y anosotros los Obispos, y a pesar de casi 30 años que han transcurrido, todavía no se ha extendido los suficiente.


Pertenencia


La doctrina de la Iglesia sobre la indisolubilidad y la fidelidad matrimonial no debe separarse de su doctrina sobre la necesidad de mostrar compasión y comprensión hacia quienes se encuentran en cualquier clase de dificultad.

Nosotros deseamos que nuestros fieles comprendan esto, de modo que las personas separadas y divorciadas tengan un indudable sentido de pertenencia y se sientan animados a participar en la vida sacramental de la comunidad católica.

El papa Juan Pablo II, en su Exhortación Apostólica de 1981 Familiaris consortio (FC), situó esta doble doctrina en una hermosa perspectiva cuando escribió:

«"Esta unión íntima, en cuanto donación mutua de dos personas
al igual que el bien de los hijos, exige la plena fidelidad de los cónyuges y reclama su indisoluble unidad".

Dar testimonio del inestimable valor de la indisolubilidad y fidelidad matrimonial es una de las más preciosas y urgentes tareas de las parejas cristianas en nuestro tiempo» (FC, 20).


«Exhortamos vivamente a los pastores y a toda la comunidad de los fieles a que ayuden a los divorciados, procurando con solícita caridad que no se consideren separados de la Iglesia, pudiendo y aun debiendo, en cuanto bautizados, participar de su vida.

La Iglesia ha de rezar por ellos, animados, presentarse ante ellos como madre misericordias a y, de este modo, sostenedlos en la fe y en la esperanza» (FC,84).

Queremos subrayar que, por su parte, los católicos separados y divorciados se encuentran entre las personas que más enérgicamente afirman la doctrina de la iglesia sobre el matrimonio.

La ruptura de su matrimonio puede servir para poner de relieve la calidad, la dignidad y la fuerza que sólo se encuentran en la permanencia y la fidelidad del matrimonio.


Efectos destructivos

Con la aceptación cada vez mayor del divorcio en nuestra sociedad, existe el peligro de que nos desinteresemos o nos hagamos insensibles a los efectos que el divorcio produce en la vida de quienes se ven afectados por él.

Pero no podemos permitir que la familiaridad con semejante hecho minimice la importancia de tales efectos, que pueden ser emocionalmente muy destructivos.

La creciente tolerancia con respecto al divorcio no disminuye el dolor que causa a los implicados.

Por eso es particularmente oportuno e importante que nuestra comunidad eclesial afirme su compromiso con quienes resultan ser más vulnerables al trauma de la ruptura matrimonial.


Fuente:

Declaración publicada en principio por los obispos de Nueva Zelanda en 1982 y que posteriormente la hicieron suya los obispos de Australia.

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CUANDO LOS SUEÑOS MUEREN (Parte 3 de 5)


Si lo que dice en este post lo hubieramos dicho nosotros, seríamos tildados de herejes esteriotipados, pero aun dicho por los bispos, tampoco ha sido escuchado lo suficiente.

La muerte de un sueño


Debemos evitar el falso concepto de que el divorcio es siempre escogido como una solución fácil. La separación y el divorcio marcan la muerte de un sueño, y los sueños mueren cuando la esperanza ya no tiene sentido. El resultado es la aflicción.

Por otra parte, quienes iniciaron el matrimonio como un compromiso de por vida constatan cómo la solemne promesa se ha roto, por lo que es inevitable que surjan sentimientos de culpa.


La aflicción y la culpa entran en conflicto en la personalidad de la persona separada o divorciada, dando lugar a una soledad que para algunos resulta insoportable.

La situación se resume en que una persona se ve separada de otra a la que había aceptado como pareja de por vida y con la que había esperado y proyectado compartir el reto de vivir juntas.

Ambas personas siguen viviendo, pero

su vida en común ha muerto.

Esta muerte ha sido denominada «viudez psicológica» (una situación que, por supuesto, puede darse también en matrimonios que formalmente no se han roto).

El estrés y la sensación de pérdida que acompañan y siguen a la viudez psicológica son comparables a las reacciones frente a la separación por muerte física.

Y esto puede afirmarse también de los niños, cuya tragedia, a menudo, es aún mayor, y cuyo sufrimiento, que no pueden identificar ni comprender fácilmente, está sumido en la confusión que supone verse «atrapados» en el caos de la separación.


Fuente:

Declaración publicada en principio por los obispos de Nueva Zelanda en 1982 y que posteriormente la hicieron suya los obispos de Australia.

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CUANDO LOS SUEÑOS MUEREN (Parte 4 de 5)


Parece muy interesante y novedosa toda esta declaración de los Obispos, y a pesar que de fines del siglo pasado, dá la sensación que que por actualzado de su contendio bien podría ser del siglo que viene.

Un tiempo para el duelo... y el perdón


Deseamos dirigimos ahora en especial a aquellos de vosotros que estáis experimentando la angustia de asistir a la muerte de vuestro matrimonio.

Reconocemos que existe un auténtico proceso de duelo por el que habéis de pasar. También puede darse, junto con el dolor que sentís, un profundo enojo.

Ambas cosas deberían encontrar una respuesta compasiva en la comunidad eclesial.

La Iglesia está especialmente capacitada para ayudaros a afrontar vuestra ira y reunir el valor necesario para perdonar, porque sabe que el perdón -el amor reconciliador de Jesucristo- es el fundamento de su esperanza.

La ira daña a quien está airado y, al igual que ocurre con el duelo, hemos de permitirle que sirva para sanar.


No tendríais que disculparos por buscar el consejo

de un sacerdote.

Al contrario, deberíais encontrar en él a un oyente atento y a un pastor comprensivo.

Jesús, el buen pastor, se dirige a aquellos que han entregado sus vidas a su servicio cuando dice: «Venid a mí todos los que estáis fatigados y sobrecargados, y yo os daré descanso... pues soy manso y humilde de corazón» (Mateo 11,28).

De igual modo, la comunidad parroquial debería reflejar el calor de una familia amorosa.

Cuando la parroquia abre sus brazos y acoge amorosamente a los desfavorecidos, está acogiendo al propio Jesús (véase Mateo 25,31-46).

Debéis saber que no tenéis que llevar solos el peso de vuestra soledad.

El Señor, que está cerca de los abatidos (Salmo 34), desea que encontréis la paz. y es la comunidad que lleva su nombre la que ha de revelar el lugar donde hallar dicha paz.


La vida necesita amor


Gran parte de lo que aquí hemos expuesto se aplica también a quienes, después de un divorcio, han intentado un nuevo matrimonio fuera de la Iglesia.

A vosotros queremos deciros una palabra especial.

Aunque, después de haberos divorciado y vuel¬to a casar, no podéis participar en los sacramentos como miembros de pleno derecho de la comunidad, ésta tiene el importante deber de apoyar, animar y nutrir vuestra fe, porque seguís siendo nuestros hermanos y hermanas.

En marzo de 1979, en su primera carta encíclica a la Iglesia ya todos los hombres y mujeres de buena voluntad, el papa Juan Pablo II nos recordó que la vida es imposible sin amor.

Si el amor no se nos revela, si no lo encontramos, «si no lo expe¬rimentamos y lo hacemos propio», entonces la vida «está privada de sentido» (véase Redemptor hominis, 10).

Estas palabras tienen aquí especial relevancia.

Las faltas personales contribuyen invariablemente a cualquier ruptura matrimonial.

Nadie niega que las personas pueden fallar.

Pero, si logramos entender que el fracaso no hace a nadie indigno de ser amado a los ojos de Dios, estará muy claro que las personas, a pesar de sus fallos, siempre tienen derecho a nuestro amor.

La necesidad de amor no desaparece por el simple hecho de que una persona ya no esté casada.

Dado que ha conocido el amor, la necesidad es aún mayor.

Y si no encuentra ese amor en una comunidad cristiana acogedora, abierta, humilde y espiritualmente adulta, quizá lo busque en una nueva amistad irregular. Todos tenemos una responsabilidad a este respecto.

* Animamos a los que os habéis casado de nuevo a examinar vuestras circunstancias concretas y, si vuestro párroco lo cree conveniente, a buscar la ayuda del tribunal diocesano.

* Pedimos a nuestros sacerdotes y ministros laicos que estudien la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio, con el fin de apoyar activamente a las personas que tratan de ayudar, y que estén dispuestos a escuchar y acompañar a quienes buscan consejo.

* Nuestros servicios sociales católicos ofrecen consejo y guía profesional.

Un encuentro con estos servicios, cuando se han reconocido las dificultades, puede ayudar a las parejas a evitar crisis posteriores.

* Los consejos pastorales parroquiales deberían interesarse especialmente en este vital aspecto, buscando formas de enriquecer el bienestar litúrgico, social y educativo de quienes tienen dificultades en su matrimonio.


Fuente:

Declaración publicada en principio por los obispos de Nueva Zelanda en 1982 y que posteriormente la hicieron suya los obispos de Australia.

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CUANDO LOS SUEÑOS MUEREN (Parte 5 de 5)


En este post dejamos las indicaciones para los "nosotros" y para los "otros" a la vez que recibimos las palabras d elos Obsipos con gran alegría, satisfacción y fundamentalmente con renovada esperanza.

Vocación


Pero las personas separadas y divorciadas no han de limitarse a recibir ayuda.

Ellas mismas tienen un papel que desempeñar en la vida de la comunidad, y son ciertamente muchas las personas que, a partir de su propia experiencia de sufrimiento, están acompañando a otros fieles que tratan de superar sus dificultades matrimoniales.

Aplaudimos tan cristiana solicitud, que es un signo de plenitud de fe.

Y estamos seguros de que vosotros, que habéis sido víctimas de una ruptura matrimonial, estáis llamados a compartir vuestro valor y vuestra fe con quienes se encuentran en una situación similar.


Misericordia


Todos los que tenemos parte en el sacerdocio de Jesús, por razón de nuestro bautismo, tenemos que servimos unos a otros con un amor caracterizado por la misericordia.

La misericordia es el poder unificador y

enriquecedor que hace posible la compasión.

El papa Juan Pablo 11 escribe que esa clase de amor significa «la ternura y sensibilidad de corazón de la que tan elocuentemente habla la parábola del hijo pródigo, o la de la oveja extraviada, o la de la dracma perdida... indispensable en la tarea pastoral» (Dives in misericordia, 14).

Sed especialmente respetuosos de la conciencia y las convicciones de los demás.

Cuidad de no imponer excesivas cargas, para no aislar más a quienes ya están solos ni permitir que nuestra propia ignorancia o nuestros prejuicios bloqueen el poder sanante y vivificador del Espíritu Santo (véase Evangelii nuntiandi, 79, escrita por el papa Pablo VI en 1975).

Al tenderos la mano a vosotros, católicos separados, divorciados y casados de nuevo, os ofrecemos la seguridad de que sois amados.

Si vuestras actuales dificultades os parecen a veces insuperables, oramos para que la solicitud con que sois atendidos en vuestras respectivas comunidades parroquiales sea la semilla de la esperanza y la alegría en vuestra vida, y para que encontréis la paz.

La suave caricia de Jesús se hace presente en el espíritu de hospitalidad que idealmente anima cada parroquia.


Compasión, no lástima

Cuando Jesús pide a sus seguidores que sean «misericordiosos, como vuestro Padre es misericordioso» (Lucas 6,36), nos pide que estemos al lado de los atribulados y desdichados, para llevar una parte del peso de su carga y ayudarles a levantar de nuevo sus cabezas y sus corazones.

La compasión no tiene nada que ver con la lástima o con el simple sentimiento de pena por el otro. La compasión consiste en compartir activa y gratuitamente cualesquiera sufrimientos que el otro esté soportando.

Tal compartir, que ha de procurar siempre no forzar la privacidad del que sufre, aporta esperanza y alegría, porque restaura el sentido de pertenencia a la persona sola y asustada.

La compasión se vuelve más tangible y, consiguientemente, más posible cuando cada uno de nosotros reconoce la necesidad del amor paciente, tierno y misericordioso de Dios en nuestra propia vida.

Entonces, animados por la inefable riqueza de la compasión de Dios, «con nuestra inquietud, nuestra incertidumbre e incluso nuestra debilidad y pecaminosidad, con nuestra vida y nuestra muerte» (Redemptor hominis, 10), nos alentaremos unos a otros y nos mantendremos más cerca de Cristo, nuestra última esperanza y alegría.


Fuente:

Declaración publicada en principio por los obispos de Nueva Zelanda en 1982 y que posteriormente la hicieron suya los obispos de Australia.

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enero 26, 2009

QUIZAS DEBAN MIRAR CON LUPA


La Exhortación Apostólica Postsinodal Sacramentum Caritatis del Santo Padre BENEDICTO XVI está a punto de cumplir dos años, y extractamos una parte, que sería bueno que todos las tuvieran muy en cuenta y no sólo los divorciados en nueva unión, ya que aparte de la imposibilidad de comulgar dice otras cosas.
No efectuaremos ningún comentario, aunque sí remarcaremos algunas partes que nos parecen sobresalientes.


Eucaristía e indisolubilidad del matrimonio

29. Puesto que la Eucaristía expresa el amor irreversible de Dios en Cristo por su Iglesia, se entiende por qué ella requiere, en relación con el sacramento del Matrimonio, esa indisolubilidad a la que aspira todo verdadero amor.[91] Por tanto, está más que justificada la atención pastoral que el Sínodo ha dedicado a las situaciones dolorosas en que se encuentran no pocos fieles que, después de haber celebrado el sacramento del Matrimonio, se han divorciado y contraído nuevas nupcias. Se trata de un problema pastoral difícil y complejo, una verdadera plaga en el contexto social actual, que afecta de manera creciente incluso a los ambientes católicos. Los Pastores, por amor a la verdad, están obligados a discernir bien las diversas situaciones, para ayudar espiritualmente de modo adecuado a los fieles implicados.[92] El Sínodo de los Obispos ha confirmado la praxis de la Iglesia, fundada en la Sagrada Escritura (cf. Mc 10,2-12), de no admitir a los sacramentos a los divorciados casados de nuevo, porque su estado y su condición de vida contradicen objetivamente esa unión de amor entre Cristo y la Iglesia que se significa y se actualiza en la Eucaristía. Sin embargo, los divorciados vueltos a casar, a pesar de su situación, siguen perteneciendo a la Iglesia, que los sigue con especial atención, con el deseo de que, dentro de lo posible, cultiven un estilo de vida cristiano mediante la participación en la santa Misa, aunque sin comulgar, la escucha de la Palabra de Dios, la Adoración eucarística, la oración, la participación en la vida comunitaria, el diálogo con un sacerdote de confianza o un director espiritual, la entrega a obras de caridad, de penitencia, y la tarea de educar a los hijos.

Donde existan dudas legítimas sobre la validez del Matrimonio sacramental contraído, se debe hacer todo lo necesario para averiguar su fundamento. Es preciso también asegurar, con pleno respeto del derecho canónico,[93] que haya tribunales eclesiásticos en el territorio, su carácter pastoral, así como su correcta y pronta actuación.[94] En cada diócesis ha de haber un número suficiente de personas preparadas para el adecuado funcionamiento de los tribunales eclesiásticos. Recuerdo que « es una obligación grave hacer que la actividad institucional de la Iglesia en los tribunales sea cada vez más cercana a los fieles ».[95] Sin embargo, se ha de evitar que la preocupación pastoral sea interpretada como una contraposición con el derecho. Más bien se debe partir del presupuesto de que el amor por la verdad es el punto de encuentro fundamental entre el derecho y la pastoral: en efecto, la verdad nunca es abstracta, sino que « se integra en el itinerario humano y cristiano de cada fiel ».[96] Por esto, cuando no se reconoce la nulidad del vínculo matrimonial y se dan las condiciones objetivas que hacen la convivencia irreversible de hecho, la Iglesia anima a estos fieles a esforzarse por vivir su relación según las exigencias de la ley de Dios, como amigos, como hermano y hermana; así podrán acercarse a la mesa eucarística, según las disposiciones previstas por la praxis eclesial. Para que semejante camino sea posible y produzca frutos, debe contar con la ayuda de los pastores y con iniciativas eclesiales apropiadas, evitando en todo caso la bendición de estas relaciones, para que no surjan confusiones entre los fieles sobre del valor del matrimonio.[97]

Debido a la complejidad del contexto cultural en que vive la Iglesia en muchos países, el Sínodo recomienda tener el máximo cuidado pastoral en la formación de los novios y en la verificación previa de sus convicciones sobre los compromisos irrenunciables para la validez del sacramento del Matrimonio. Un discernimiento serio sobre este punto podrá evitar que los dos jóvenes, movidos por impulsos emotivos o razones superficiales, asuman responsabilidades que luego no sabrían respetar.[98] El bien que la Iglesia y toda la sociedad esperan del Matrimonio, y de la familia fundada en él, es demasiado grande como para no ocuparse a fondo de este ámbito pastoral específico. Matrimonio y familia son instituciones que deben ser promovidas y protegidas de cualquier equívoco posible sobre su auténtica verdad, porque el daño que se les hace provoca de hecho una herida a la convivencia humana como tal.

Fechado en Roma, junto a san Pedro, el 22 de Febrero, fiesta de la Cátedra del Apóstol san Pedro, del año 2007 Leer más...

diciembre 11, 2008

HUMANAE VITAE - 40 AÑOS DE VIGENCIA


Se cumplen 40 años de la encíclica y hoy su contenido no sólo que sigue vigente sino que, con bríos renovados es motivo de actuales referencias.

Ya sé que s largo para un post, pero no está de más releerla, para sí entender que es lo que cuestiona el Cardenal Martini y que es lo que defiende el Arzobispo Aguer.

CARTA ENCÍCLICA
HUMANAE VITAE
DE S. S. PABLO VI
A LOS VENERABLES HERMANOS LOS PATRIARCAS,
ARZOBISPOS, OBISPOS Y DEMÁS ORDINARIOS DE LUGAR
EN PAZ Y COMUNIÓN CON LA SEDE APOSTÓLICA,
AL CLERO Y A LOS FIELES DEL ORBE CATÓLICO
Y A TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD,
SOBRE LA REGULACIÓN DE LA NATALIDAD




Venerables hermanos y amados hijos, salud y bendición apostólica.

La transmisión de la vida

1. El gravísimo deber de transmitir la vida humana ha sido siempre para los esposos,
colaboradores libres y responsables de Dios Creador, fuente de grandes alegrías aunque algunas
veces acompañadas de no pocas dificultades y angustias.

En todos los tiempos ha planteado el cumplimiento de este deber serios problemas en la
conciencia de los cónyuges, pero con la actual transformación de la sociedad se han verificado
unos cambios tales que han hecho surgir nuevas cuestiones que la Iglesia no podía ignorar por
tratarse de una materia relacionada tan de cerca con la vida y la felicidad de los hombres.


I. Nuevos aspectos del problema y competencia del magisterio


Nuevo enfoque del problema

2. Los cambios que se han producido son, en efecto, notables y de diversa índole. Se trata, ante
todo, del rápido desarrollo demográfico. Muchos manifiestan el temor de que la población
mundial aumente más rápidamente que las reservas de que dispone, con creciente angustia para
tantas familias y pueblos en vía de desarrollo, siendo grande la tentación de las autoridades de
oponer a este peligro medidas radicales. Además, las condiciones de trabajo y de vivienda y
las múltiples exigencias que van aumentando en el campo económico y en el de la educación,
con frecuencia hacen hoy difícil el mantenimiento adecuado de un número elevado de hijos.

Se asiste también a un cambio, tanto en el modo de considerar la personalidad de la mujer y su
puesto en la sociedad, como en el valor que hay que atribuir al amor conyugal dentro del
matrimonio y en el aprecio que se debe dar al significado de los actos conyugales en relación
con este amor.

Finalmente, y sobre todo, el hombre ha llevado a cabo progresos estupendos en el dominio y en
la organización racional de las fuerzas de la naturaleza, de modo que tiende a extender ese
dominio a su mismo ser global: al cuerpo, a la vida psíquica, a la vida social y hasta las leyes que
regulan la transmisión de la vida.

3. El nuevo estado de cosas hace plantear nuevas preguntas. Consideradas las condiciones de la
vida actual y dado el significado que las relaciones conyugales tienen en orden a la armonía entre
los esposos y a su mutua fidelidad, ¿no sería indicado revisionar las normas éticas hasta ahora
vigentes, sobre todo si se considera que las mismas no pueden observarse sin sacrificios, algunas
veces heroicos?

Más aún, extendiendo a este campo la aplicación del llamado "principio de totalidad", ¿no se
podría admitir que la intención de una fecundidad menos exuberante, pero más racional,
transformase la intervención materialmente esterilizadora en un control lícito y prudente de los
nacimientos? Es decir, ¿no se podría admitir que la finalidad procreadora pertenezca al conjunto
de la vida conyugal más bien que a cada uno de los actos? Se pregunta también si, dado el
creciente sentido de responsabilidad del hombre moderno, no haya llegado el momento de
someter a su razón y a su voluntad, más que a los ritmos biológicos de su organismo, la tarea de
regular la natalidad.

Competencia del Magisterio

4. Estas cuestiones exigían del Magisterio de la Iglesia una nueva y profunda reflexión acerca de
los principios de la doctrina moral del matrimonio, doctrina fundada sobre la ley natural,
iluminada y enriquecida por la Revelación divina.

Ningún fiel querrá negar que corresponda al Magisterio de la Iglesia el interpretar también la ley
moral natural. Es, en efecto, incontrovertible —como tantas veces han declarado nuestros
predecesores (1)— que Jesucristo, al comunicar a Pedro y a los Apóstoles su autoridad divina y
al enviarlos a enseñar a todas las gentes sus mandamientos (2), los constituía en custodios y en
intérpretes auténticos de toda ley moral, es decir, no sólo de la ley evangélica, sino también de la
natural, expresión de la voluntad de Dios, cuyo cumplimiento fiel es igualmente necesario para
salvarse (3).

En conformidad con esta su misión, la Iglesia dio siempre, y con más amplitud en los tiempos
recientes, una doctrina coherente tanto sobre la naturaleza del matrimonio como sobre el recto
uso de los derechos conyugales y sobre las obligaciones de los esposos (4).

Estudios especiales

5. La conciencia de esa misma misión nos indujo a confirmar y a ampliar la Comisión de Estudio
que nuestro predecesor Juan XXIII, de feliz memoria, había instituido en el mes de marzo del año 1963. Esta Comisión de la que formaban parte bastantes estudiosos de las diversas disciplinas
relacionadas con la materia y parejas de esposos, tenía la finalidad de recoger opiniones acerca
de las nuevas cuestiones referentes a la vida conyugal, en particular la regulación de la natalidad,
y de suministrar elementos de información oportunos, para que el Magisterio pudiese dar una
respuesta adecuada a la espera de los fieles y de la opinión pública mundial (5).

Los trabajos de estos peritos, así como los sucesivos pareceres y los consejos de buen número
de nuestros hermanos en el Episcopado, quienes los enviaron espontáneamente o respondiendo
a una petición expresa, nos han permitido ponderar mejor los diversos aspectos del complejo
argumento. Por ello les expresamos de corazón a todos nuestra viva gratitud.

La respuesta del Magisterio

6. No podíamos, sin embargo, considerar como definitivas las conclusiones a que había llegado
la Comisión, ni dispensarnos de examinar personalmente la grave cuestión; entre otros motivos,
porque en seno a la Comisión no se había alcanzado una plena concordancia de juicios acerca
de las normas morales a proponer y, sobre todo, porque habían aflorado algunos criterios de
soluciones que se separaban de la doctrina moral sobre el matrimonio propuesta por el
Magisterio de la Iglesia con constante firmeza. Por ello, habiendo examinado atentamente la
documentación que se nos presentó y después de madura reflexión y de asiduas plegarias,
queremos ahora, en virtud del mandato que Cristo nos confió, dar nuestra respuesta a estas
graves cuestiones.


II. Principios doctrinales


Una visión global del hombre

7. El problema de la natalidad, como cualquier otro referente a la vida humana, hay que
considerarlo, por encima de las perspectivas parciales de orden biológico o psicológico,
demográfico o sociológico, a la luz de una visión integral del hombre y de su vocación, no sólo
natural y terrena sino también sobrenatural y eterna. Y puesto que, en el tentativo de justificar los
métodos artificiales del control de los nacimientos, muchos han apelado a las exigencias del amor
conyugal y de una "paternidad responsable", conviene precisar bien el verdadero concepto de
estas dos grandes realidades de la vida matrimonial, remitiéndonos sobre todo a cuanto ha
declarado, a este respecto, en forma altamente autorizada, el Concilio Vaticano II en la
Constitución pastoral Gaudium et Spes.

El amor conyugal

8. La verdadera naturaleza y nobleza del amor conyugal se revelan cuando éste es considerado
en su fuente suprema, Dios, que es Amor (6), "el Padre de quien procede toda paternidad en el
cielo y en la tierra" (7).

El matrimonio no es, por tanto, efecto de la casualidad o producto de la evolución de fuerzas
naturales inconscientes; es una sabia institución del Creador para realizar en la humanidad su
designio de amor. Los esposos, mediante su recíproca donación personal, propia y exclusiva de
ellos, tienden a la comunión de sus seres en orden a un mutuo perfeccionamiento personal, para
colaborar con Dios en la generación y en la educación de nuevas vidas.

En los bautizados el matrimonio reviste, además, la dignidad de signo sacramental de la gracia,
en cuanto representa la unión de Cristo y de la Iglesia.

Sus características

9. Bajo esta luz aparecen claramente las notas y las exigencias características del amor conyugal,
siendo de suma importancia tener una idea exacta de ellas.

Es, ante todo, un amor plenamente humano, es decir, sensible y espiritual al mismo tiempo. No
es por tanto una simple efusión del instinto y del sentimiento sino que es también y principalmente
un acto de la voluntad libre, destinado a mantenerse y a crecer mediante las alegrías y los
dolores de la vida cotidiana, de forma que los esposos se conviertan en un solo corazón y en una
sola alma y juntos alcancen su perfección humana.

Es un amor total, esto es, una forma singular de amistad personal, con la cual los esposos
comparten generosamente todo, sin reservas indebidas o cálculos egoístas. Quien ama de
verdad a su propio consorte, no lo ama sólo por lo que de él recibe sino por sí mismo, gozoso
de poderlo enriquecer con el don de sí.

Es un amor fiel y exclusivo hasta la muerte. Así lo conciben el esposo y la esposa el día en que
asumen libremente y con plena conciencia el empeño del vínculo matrimonial. Fidelidad que a
veces puede resultar difícil pero que siempre es posible, noble y meritoria; nadie puede negarlo.
El ejemplo de numerosos esposos a través de los siglos demuestra que la fidelidad no sólo es
connatural al matrimonio sino también manantial de felicidad profunda y duradera.

Es, por fin, un amor fecundo, que no se agota en la comunión entre los esposos sino que está
destinado a prolongarse suscitando nuevas vidas. "El matrimonio y el amor conyugal están
ordenados por su propia naturaleza a la procreación y educación de la prole. Los hijos son, sin
duda, el don más excelente del matrimonio y contribuyen sobremanera al bien de los propios
padres" (8).

La paternidad responsable

10. Por ello el amor conyugal exige a los esposos una conciencia de su misión de "paternidad
responsable" sobre la que hoy tanto se insiste con razón y que hay que comprender
exactamente. Hay que considerarla bajo diversos aspectos legítimos y relacionados entre sí.

En relación con los procesos biológicos, paternidad responsable significa conocimiento y respeto
de sus funciones; la inteligencia descubre, en el poder de dar la vida, leyes biológicas que forman
parte de la persona humana (9).

En relación con las tendencias del instinto y de las pasiones, la paternidad responsable comporta
el dominio necesario que sobre aquellas han de ejercer la razón y la voluntad.

En relación con las condiciones físicas, económicas, psicológicas y sociales, la paternidad
responsable se pone en práctica ya sea con la deliberación ponderada y generosa de tener una
familia numerosa ya sea con la decisión, tomada por graves motivos y en el respeto de la ley
moral, de evitar un nuevo nacimiento durante algún tiempo o por tiempo indefinido.

La paternidad responsable comporta sobre todo una vinculación más profunda con el orden
moral objetivo, establecido por Dios, cuyo fiel intérprete es la recta conciencia. El ejercicio
responsable de la paternidad exige, por tanto, que los cónyuges reconozcan plenamente sus
propios deberes para con Dios, para consigo mismo, para con la familia y la sociedad, en una
justa jerarquía de valores.

En la misión de transmitir la vida, los esposos no quedan, por tanto, libres para proceder
arbitrariamente, como si ellos pudiesen determinar de manera completamente autónoma los
caminos lícitos a seguir, sino que deben conformar su conducta a la intención creadora de Dios,
manifestada en la misma naturaleza del matrimonio y de sus actos y constantemente enseñada
por la Iglesia (10).

Respetar la naturaleza y la finalidad del acto matrimonial

11. Estos actos, con los cuales los esposos se unen en casta intimidad, y a través de los cuales
se transmite la vida humana, son, como ha recordado el Concilio, "honestos y dignos" (11), y no
cesan de ser legítimos si, por causas independientes de la voluntad de los cónyuges, se prevén
infecundos, porque continúan ordenados a expresar y consolidar su unión. De hecho, como
atestigua la experiencia, no se sigue una nueva vida de cada uno de los actos conyugales. Dios
ha dispuesto con sabiduría leyes y ritmos naturales de fecundidad que por sí mismos distancian
los nacimientos. La Iglesia, sin embargo, al exigir que los hombres observen las normas de la ley
natural interpretada por su constante doctrina, enseña que cualquier acto matrimonial (quilibet
matrimonii usus) debe quedar abierto a la transmisión de la vida (12).

Inseparables los dos aspectos: unión y procreación

12. Esta doctrina, muchas veces expuesta por el Magisterio, está fundada sobre la inseparable
conexión que Dios ha querido y que el hombre no puede romper por propia iniciativa, entre los
dos significados del acto conyugal: el significado unitivo y el significado procreador.

Efectivamente, el acto conyugal, por su íntima estructura, mientras une profundamente a los
esposos, los hace aptos para la generación de nuevas vidas, según las leyes inscritas en el ser
mismo del hombre y de la mujer. Salvaguardando ambos aspectos esenciales, unitivo y
procreador, el acto conyugal conserva íntegro el sentido de amor mutuo y verdadero y su
ordenación a la altísima vocación del hombre a la paternidad. Nos pensamos que los hombres,
en particular los de nuestro tiempo, se encuentran en grado de comprender el carácter
profundamente razonable y humano de este principio fundamental.

Fidelidad al plan de Dios

13. Justamente se hace notar que un acto conyugal impuesto al cónyuge sin considerar su
condición actual y sus legítimos deseos, no es un verdadero acto de amor; y prescinde por tanto
de una exigencia del recto orden moral en las relaciones entre los esposos. Así, quien reflexiona
rectamente deberá también reconocer que un acto de amor recíproco, que prejuzgue la
disponibilidad a transmitir la vida que Dios Creador, según particulares leyes, ha puesto en él,
está en contradicción con el designio constitutivo del matrimonio y con la voluntad del Autor de
la vida. Usar este don divino destruyendo su significado y su finalidad, aun sólo parcialmente, es
contradecir la naturaleza del hombre y de la mujer y sus más íntimas relaciones, y por lo mismo
es contradecir también el plan de Dios y su voluntad. Usufructuar, en cambio, el don del amor
conyugal respetando las leyes del proceso generador significa reconocerse no árbitros de las
fuentes de la vida humana, sino más bien administradores del plan establecido por el Creador.
En efecto, al igual que el hombre no tiene un dominio ilimitado sobre su cuerpo en general, del
mismo modo tampoco lo tiene, con más razón, sobre las facultades generadoras en cuanto tales,
en virtud de su ordenación intrínseca a originar la vida, de la que Dios es principio. "La vida
humana es sagrada —recordaba Juan XXIII—; desde su comienzo, compromete directamente la
acción creadora de Dios" (13).

Vías ilícitas para la regulación de los nacimientos

14. En conformidad con estos principios fundamentales de la visión humana y cristiana del
matrimonio, debemos una vez más declarar que hay que excluir absolutamente, como vía lícita
para la regulación de los nacimientos, la interrupción directa del proceso generador ya iniciado, y
sobre todo el aborto directamente querido y procurado, aunque sea por razones terapéuticas
(14).

Hay que excluir igualmente, como el Magisterio de la Iglesia ha declarado muchas veces, la
esterilización directa, perpetua o temporal, tanto del hombre como de la mujer (15); queda
además excluida toda acción que, o en previsión del acto conyugal, o en su realización, o en el
desarrollo de sus consecuencias naturales, se proponga, como fin o como medio, hacer
imposible la procreación (16).

Tampoco se pueden invocar como razones válidas, para justificar los actos conyugales
intencionalmente infecundos, el mal menor o el hecho de que tales actos constituirían un todo con
los actos fecundos anteriores o que seguirán después y que por tanto compartirían la única e
idéntica bondad moral. En verdad, si es lícito alguna vez tolerar un mal moral menor a fin de
evitar un mal mayor o de promover un bien más grande (17), no es lícito, ni aun por razones
gravísimas, hacer el mal para conseguir el bien (18), es decir, hacer objeto de un acto positivo
de voluntad lo que es intrínsecamente desordenado y por lo mismo indigno de la persona
humana, aunque con ello se quisiese salvaguardar o promover el bien individual, familiar o social.
Es por tanto un error pensar que un acto conyugal, hecho voluntariamente infecundo, y por esto
intrínsecamente deshonesto, pueda ser cohonestado por el conjunto de una vida conyugal
fecunda.

Licitud de los medios terapéuticos

15. La Iglesia, en cambio, no retiene de ningún modo ilícito el uso de los medios terapéuticos
verdaderamente necesarios para curar enfermedades del organismo, a pesar de que se siguiese
un impedimento, aun previsto, para la procreación, con tal de que ese impedimento no sea, por
cualquier motivo, directamente querido (19).

Licitud del recurso a los periodos infecundos

16. A estas enseñanzas de la Iglesia sobre la moral conyugal se objeta hoy, como observábamos
antes (n. 3), que es prerrogativa de la inteligencia humana dominar las energías de la naturaleza
irracional y orientarlas hacia un fin en conformidad con el bien del hombre. Algunos se
preguntan: actualmente, ¿no es quizás racional recurrir en muchas circunstancias al control
artificial de los nacimientos, si con ello se obtienen la armonía y la tranquilidad de la familia y
mejores condiciones para la educación de los hijos ya nacidos? A esta pregunta hay que
responder con claridad: la Iglesia es la primera en elogiar y en recomendar la intervención de la
inteligencia en una obra que tan de cerca asocia la creatura racional a su Creador, pero afirma
que esto debe hacerse respetando el orden establecido por Dios.

Por consiguiente, si para espaciar los nacimientos existen serios motivos, derivados de las
condiciones físicas o psicológicas de los cónyuges, o de circunstancias exteriores, la Iglesia
enseña que entonces es lícito tener en cuenta los ritmos naturales inmanentes a las funciones
generadoras para usar del matrimonio sólo en los periodos infecundos y así regular la natalidad
sin ofender los principios morales que acabamos de recordar (20).

La Iglesia es coherente consigo misma cuando juzga lícito el recurso a los periodos infecundos,
mientras condena siempre como ilícito el uso de medios directamente contrarios a la
fecundación, aunque se haga por razones aparentemente honestas y serias. En realidad, entre
ambos casos existe una diferencia esencial: en el primero los cónyuges se sirven legítimamente de
una disposición natural; en el segundo impiden el desarrollo de los procesos naturales. Es verdad
que tanto en uno como en otro caso, los cónyuges están de acuerdo en la voluntad positiva de
evitar la prole por razones plausibles, buscando la seguridad de que no se seguirá; pero es
igualmente verdad que solamente en el primer caso renuncian conscientemente al uso del
matrimonio en los periodos fecundos cuando por justos motivos la procreación no es deseable,
y hacen uso después en los periodos agenésicos para manifestarse el afecto y para salvaguardar
la mutua fidelidad. Obrando así ellos dan prueba de amor verdadero e integralmente honesto.

Graves consecuencias de los métodos de regulación artificial de la natalidad

17. Los hombres rectos podrán convencerse todavía de la consistencia de la doctrina de la
Iglesia en este campo si reflexionan sobre las consecuencias de los métodos de la regulación
artificial de la natalidad. Consideren, antes que nada, el camino fácil y amplio que se abriría a la
infidelidad conyugal y a la degradación general de la moralidad. No se necesita mucha
experiencia para conocer la debilidad humana y para comprender que los hombres,
especialmente los jóvenes, tan vulnerables en este punto tienen necesidad de aliento para ser
fieles a la ley moral y no se les debe ofrecer cualquier medio fácil para burlar su observancia.

Podría también temerse que el hombre, habituándose al uso de las prácticas anticonceptivas,
acabase por perder el respeto a la mujer y, sin preocuparse más de su equilibrio físico y
psicológico, llegase a considerarla como simple instrumento de goce egoístico y no como a
compañera, respetada y amada.

Reflexiónese también sobre el arma peligrosa que de este modo se llegaría a poner en las manos
de autoridades públicas despreocupadas de las exigencias morales. ¿Quién podría reprochar a
un gobierno el aplicar a la solución de los problemas de la colectividad lo que hubiera sido
reconocido lícito a los cónyuges para la solución de un problema familiar? ¿Quién impediría a los
gobernantes favorecer y hasta imponer a sus pueblos, si lo consideraran necesario, el método
anticonceptivo que ellos juzgaren más eficaz? En tal modo los hombres, queriendo evitar las
dificultades individuales, familiares o sociales que se encuentran en el cumplimiento de la ley
divina, llegarían a dejar a merced de la intervención de las autoridades públicas el sector más
personal y más reservado de la intimidad conyugal.

Por tanto, sino se quiere exponer al arbitrio de los hombres la misión de engendrar la vida, se
deben reconocer necesariamente unos límites infranqueables a la posibilidad de dominio del
hombre sobre su propio cuerpo y sus funciones; límites que a ningún hombre, privado o
revestido de autoridad, es lícito quebrantar. Y tales límites no pueden ser determinados sino por
el respeto debido a la integridad del organismo humano y de sus funciones, según los principios
antes recordados y según la recta inteligencia del "principio de totalidad" ilustrado por nuestro
predecesor Pío XII (21).

La Iglesia, garantía de los auténticos valores humanos

18. Se puede prever que estas enseñanzas no serán quizá fácilmente aceptadas por todos: son
demasiadas las voces —ampliadas por los modernos medios de propaganda— que están en
contraste con la Iglesia. A decir verdad, ésta no se maravilla de ser, a semejanza de su divino
Fundador, "signo de contradicción" (22), pero no deja por esto de proclamar con humilde
firmeza toda la ley moral, natural y evangélica. La Iglesia no ha sido la autora de éstas, ni puede
por tanto ser su árbitro, sino solamente su depositaria e intérprete, sin poder jamás declarar lícito
lo que no lo es por su íntima e inmutable oposición al verdadero bien del hombre.

Al defender la moral conyugal en su integridad, la Iglesia sabe que contribuye a la instauración
de una civilización verdaderamente humana; ella compromete al hombre a no abdicar la propia
responsabilidad para someterse a los medios técnicos; defiende con esto mismo la dignidad de
los cónyuges. Fiel a las enseñanzas y al ejemplo del Salvador, ella se demuestra amiga sincera y
desinteresada de los hombres a quienes quiere ayudar, ya desde su camino terreno, "a participar
como hijos a la vida del Dios vivo, Padre de todos los hombres" (23).


III. Directivas pastorales


La Iglesia, Madre y Maestra

19. Nuestra palabra no sería expresión adecuada del pensamiento y de las solicitudes de la
Iglesia, Madre y Maestra de todas las gentes, si, después de haber invitado a los hombres a
observar y a respetar la ley divina referente al matrimonio, no les confortase en el camino de una
honesta regulación de la natalidad, aun en medio de las difíciles condiciones que hoy afligen a las
familias y a los pueblos. La Iglesia, efectivamente, no puede tener otra actitud para con los
hombres que la del Redentor: conoce su debilidad, tiene compasión de las muchedumbres,
acoge a los pecadores, pero no puede renunciar a enseñar la ley que en realidad es la propia de
una vida humana llevada a su verdad originaria y conducida por el Espíritu de Dios (24).

Posibilidad de observar la ley divina

La doctrina de la Iglesia en materia de regulación de la natalidad, promulgadora de la ley divina,
aparecerá fácilmente a los ojos de muchos difícil e incluso imposible en la práctica. Y en verdad
que, como todas las grandes y beneficiosas realidades, exige un serio empeño y muchos
esfuerzos de orden familiar, individual y social. Más aun, no sería posible actuarla sin la ayuda de
Dios, que sostiene y fortalece la buena voluntad de los hombres. Pero a todo aquel que
reflexione seriamente, no puede menos de aparecer que tales esfuerzos ennoblecen al hombre y
benefician la comunidad humana.

Dominio de sí mismo

21. Una práctica honesta de la regulación de la natalidad exige sobre todo a los esposos adquirir
y poseer sólidas convicciones sobre los verdaderos valores de la vida y de la familia, y también
una tendencia a procurarse un perfecto dominio de sí mismos. El dominio del instinto, mediante
la razón y la voluntad libre, impone sin ningún género de duda una ascética, para que las
manifestaciones afectivas de la vida conyugal estén en conformidad con el orden recto y
particularmente para observar la continencia periódica. Esta disciplina, propia de la pureza de
los esposos, lejos de perjudicar el amor conyugal, le confiere un valor humano más sublime.
Exige un esfuerzo continuo, pero, en virtud de su influjo beneficioso, los cónyuges desarrollan
íntegramente su personalidad, enriqueciéndose de valores espirituales: aportando a la vida
familiar frutos de serenidad y de paz y facilitando la solución de otros problemas; favoreciendo la
atención hacia el otro cónyuge; ayudando a superar el egoísmo, enemigo del verdadero amor, y
enraizando más su sentido de responsabilidad. Los padres adquieren así la capacidad de un
influjo más profundo y eficaz para educar a los hijos; los niños y los jóvenes crecen en la justa
estima de los valores humanos y en el desarrollo sereno y armónico de sus facultades espirituales
y sensibles.

Crear un ambiente favorable a la castidad

22. Nos queremos en esta ocasión llamar la atención de los educadores y de todos aquellos que
tienen incumbencia de responsabilidad, en orden al bien común de la convivencia humana, sobre
la necesidad de crear un clima favorable a la educación de la castidad, es decir, al triunfo de la
libertad sobre el libertinaje, mediante el respeto del orden moral.

Todo lo que en los medios modernos de comunicación social conduce a la excitación de los
sentidos, al desenfreno de las costumbres, como cualquier forma de pornografía y de
espectáculos licenciosos, debe suscitar la franca y unánime reacción de todas las personas,
solícitas del progreso de la civilización y de la defensa de los supremos bienes del espíritu
humano. En vano se trataría de buscar justificación a estas depravaciones con el pretexto de
exigencias artísticas o científicas (25), o aduciendo como argumento la libertad concedida en
este campo por las autoridades públicas.

Llamamiento a las autoridades públicas

23. Nos decimos a los gobernantes, que son los primeros responsables del bien común y que
tanto pueden hacer para salvaguardar las costumbres morales: no permitáis que se degrade la
moralidad de vuestros pueblos; no aceptéis que se introduzcan legalmente en la célula
fundamental, que es la familia, prácticas contrarias a la ley natural y divina. Es otro el camino por
el cual los poderes públicos pueden y deben contribuir a la solución del problema demográfico:
el de una cuidadosa política familiar y de una sabia educación de los pueblos, que respete la ley
moral y la libertad de los ciudadanos.

Somos conscientes de las graves dificultades con que tropiezan los poderes públicos a este
respecto, especialmente en los pueblos en vía de desarrollo. A sus legítimas preocupaciones
hemos dedicado nuestra encíclica Populorum Progressio. Y con nuestro predecesor, Juan
XXIII, seguimos diciendo: "Estas dificultades no se superan con el recurso a métodos y medios
que son indignos del hombre y cuya explicación está sólo en una concepción estrechamente
materialística del hombre mismo y de su vida. La verdadera solución solamente se halla en el
desarrollo económico y en el progreso social, que respeten y promuevan los verdaderos valores
humanos, individuales y sociales" (26). Tampoco se podría hacer responsable, sin grave
injusticia, a la Divina Providencia de lo que por el contrario dependería de una menor sagacidad
de gobierno, de un escaso sentido de la justicia social, de un monopolio egoísta o también de la
indolencia reprobable en afrontar los esfuerzos y sacrificios necesarios para asegurar la elevación
del nivel de vida de un pueblo y de todos sus hijos (27). Que todos los Poderes responsables
—como ya algunos lo vienen haciendo laudablemente— reaviven generosamente los propios
esfuerzos, y que no cese de extenderse el mutuo apoyo entre todos los miembros de la familia
humana: es un campo inmenso el que se abre de este modo a la actividad de las grandes
organizaciones internacionales.

A los hombres de ciencia

24. Queremos ahora alentar a los hombres de ciencia, los cuales "pueden contribuir
notablemente al bien del matrimonio y de la familia y a la paz de las conciencias si, uniendo sus
estudios, se proponen aclarar más profundamente las diversas condiciones favorables a una
honesta regulación de la procreación humana" (28). Es de desear en particular que, según el
augurio expresado ya por Pío XII, la ciencia médica logre dar una base, suficientemente segura,
para una regulación de nacimientos, fundada en la observancia de los ritmos naturales (29). De
este modo los científicos, y en especial los católicos, contribuirán a demostrar con los hechos
que, como enseña la Iglesia, "no puede haber verdadera contradicción entre las leyes divinas que
regulan la transmisión de la vida y aquellas que favorecen un auténtico amor conyugal" (30).

A los esposos cristianos

25. Nuestra palabra se dirige ahora más directamente a nuestros hijos, en particular a los
llamados por Dios a servirlo en el matrimonio. La Iglesia, al mismo tiempo que enseña las
exigencias imprescriptibles de la ley divina, anuncia la salvación y abre con los sacramentos los
caminos de la gracia, la cual hace del hombre una nueva criatura, capaz de corresponder en el
amor y en la verdadera libertad al designio de su Creador y Salvador, y de encontrar suave el
yugo de Cristo (31).

Los esposos cristianos, pues, dóciles a su voz, deben recordar que su vocación cristiana,
iniciada en el bautismo, se ha especificado y fortalecido ulteriormente con el sacramento del
matrimonio. Por lo mismo los cónyuges son corroborados y como consagrados para cumplir
fielmente los propios deberes, para realizar su vocación hasta la perfección y para dar un
testimonio, propio de ellos, delante del mundo (32). A ellos ha confiado el Señor la misión de
hacer visible ante los hombres la santidad y la suavidad de la ley que une el amor mutuo de los
esposos con su cooperación al amor de Dios, autor de la vida humana.

No es nuestra intención ocultar las dificultades, a veces graves, inherentes a la vida de los
cónyuges cristianos; para ellos como para todos "la puerta es estrecha y angosta la senda que
lleva a la vida" (33). La esperanza de esta vida debe iluminar su camino, mientras se esfuerzan
animosamente por vivir con prudencia, justicia y piedad en el tiempo (34), conscientes de que la
forma de este mundo es pasajera (35).

Afronten, pues, los esposos los necesarios esfuerzos, apoyados por la fe y por la esperanza que
"no engaña porque el amor de Dios ha sido difundido en nuestros corazones junto con el Espíritu
Santo que nos ha sido dado" (36); invoquen con oración perseverante la ayuda divina; acudan
sobre todo a la fuente de gracia y de caridad en la Eucaristía. Y si el pecado les sorprendiese
todavía, no se desanimen, sino que recurran con humilde perseverancia a la misericordia de
Dios, que se concede en el sacramento de la penitencia. Podrán realizar así la plenitud de la
vida conyugal, descrita por el Apóstol: "Maridos, amad a vuestras mujeres como Cristo amó a
su Iglesia (...). Los maridos deben amar a sus esposas como a su propio cuerpo. Amar a la
esposa ¿no es acaso amarse a sí mismo? Nadie ha odiado jamás su propia carne, sino que la
nutre y la cuida, como Cristo a su Iglesia (...). Este misterio es grande, pero entendido de Cristo
y la Iglesia. Por lo que se refiere a vosotros, cada uno en particular ame a su esposa como a sí
mismo y la mujer respete a su propio marido" (37).

Apostolado entre los hogares

26. Entre los frutos logrados con un generoso esfuerzo de fidelidad a la ley divina, uno de los
más preciosos es que los cónyuges no rara vez sienten el deseo de comunicar a los demás su
experiencia. Una nueva e importantísima forma de apostolado entre semejantes se inserta de
este modo en el amplio cuadro de la vocación de los laicos: los mismos esposos se convierten en
guía de otros esposos. Esta es, sin duda, entre las numerosas formas de apostolado, una de las
que hoy aparecen más oportunas (38).

A los médicos y al personal sanitario

27. Estimamos altamente a los médicos y a los miembros del personal de sanidad, quienes en el
ejercicio de su profesión sienten entrañablemente las superiores exigencias de su vocación
cristiana, por encima de todo interés humano. Perseveren, pues, en promover constantemente
las soluciones inspiradas en la fe y en la recta razón, y se esfuercen en fomentar la convicción y
el respeto de las mismas en su ambiente. Consideren también como propio deber profesional el
procurarse toda la ciencia necesaria en este aspecto delicado, con el fin de poder dar a los
esposos que los consultan sabios consejos y directrices sanas que de ellos esperan con todo
derecho.

A los sacerdotes

28. Amados hijos sacerdotes, que sois por vocación los consejeros y los directores espirituales
de las personas y de las familias, a vosotros queremos dirigirnos ahora con toda confianza.
Vuestra primera incumbencia —en especial la de aquellos que enseñan la teología moral— es
exponer sin ambigüedades la doctrina de la Iglesia sobre el matrimonio. Sed los primeros en dar
ejemplo de obsequio leal, interna y externamente, al Magisterio de la Iglesia en el ejercicio de
vuestro ministerio. Tal obsequio, bien lo sabéis, es obligatorio no sólo por las razones aducidas,
sino sobre todo por razón de la luz del Espíritu Santo, de la cual están particularmente asistidos
los pastores de la Iglesia para ilustrar la verdad (39). Conocéis también la suma importancia que
tiene para la paz de las conciencias y para la unidad del pueblo cristiano, que en el campo de la
moral y del dogma se atengan todos al Magisterio de la Iglesia y hablen del mismo modo. Por
esto renovamos con todo nuestro ánimo el angustioso llamamiento del Apóstol Pablo: "Os
ruego, hermanos, por el nombre de nuestro Señor Jesucristo, que todos habléis igualmente, y
no haya entre vosotros cismas, antes seáis concordes en el mismo pensar y en el mismo sentir"
(40).

29. No menoscabar en nada la saludable doctrina de Cristo es una forma de caridad eminente
hacia las almas. Pero esto debe ir acompañado siempre de la paciencia y de la bondad de que el
mismo Señor dio ejemplo en su trato con los hombres. Venido no para juzgar sino para salvar
(41), El fue ciertamente intransigente con el mal, pero misericordioso con las personas.

Que en medio de sus dificultades encuentren siempre los cónyuges en las palabras y en el
corazón del sacerdote el eco de la voz y del amor del Redentor.

Hablad, además, con confianza, amados hijos, seguros de que el Espíritu de Dios que asiste al
Magisterio en el proponer la doctrina, ilumina internamente los corazones de los fieles,
invitándolos a prestar su asentimiento. Enseñad a los esposos el camino necesario de la oración,
preparadlos a que acudan con frecuencia y con fe a los sacramentos de la Eucaristía y de la
Penitencia, sin que se dejen nunca desalentar por su debilidad.

A los Obispos

30. Queridos y venerables hermanos en el episcopado, con quienes compartimos más de
cerca la solicitud del bien espiritual del Pueblo de Dios, a vosotros va nuestro pensamiento
reverente y afectuoso al final de esta encíclica. A todos dirigimos una apremiante invitación.
Trabajad al frente de los sacerdotes, vuestros colaboradores, y de vuestros fieles con ardor y sin
descanso por la salvaguardia y la santidad del matrimonio para que sea vivido en toda su
plenitud humana y cristiana. Considerad esta misión como una de vuestras responsabilidades
más urgentes en el tiempo actual. Esto supone, como sabéis, una acción pastoral, coordinada en
todos los campos de la actividad humana, económica, cultural y social; en efecto, solo
mejorando simultáneamente todos estos sectores, se podrá hacer no sólo tolerable sino más fácil
y feliz la vida de los padres y de los hijos en el seno de la familia, más fraterna y pacífica la
convivencia en la sociedad humana, respetando fielmente el designio de Dios sobre el mundo.

Llamamiento final

31. Venerables hermanos, amadísimos hijos y todos vosotros, hombres de buena voluntad: Es
grande la obra de educación, de progreso y de amor a la cual os llamamos, fundamentándose en
la doctrina de la Iglesia, de la cual el Sucesor de Pedro es, con sus hermanos en el episcopado,
depositario e intérprete. Obra grande de verdad, estamos convencidos de ello, tanto para el
mundo como para la Iglesia, ya que el hombre no puede hallar la verdadera felicidad, a la que
aspira con todo su ser, más que en el respeto de las leyes grabadas por Dios en su naturaleza y
que debe observar con inteligencia y amor. Nos invocamos sobre esta tarea, como sobre todos
vosotros y en particular sobre los esposos, la abundancia de las gracias del Dios de santidad y
de misericordia, en prenda de las cuales os otorgamos nuestra bendición apostólica.

Dado en Roma, junto a San Pedro, en la fiesta del apóstol Santiago, 25 de julio de
1968, sexto de nuestro pontificado.



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NOTAS


1. Cfr. Pío XI, Enc. Qui pluribus, 9 de noviembre de 1946, Pii IX P. M. Acta, vol. 1. pp. 9-10; San Pío X, Enc. Singulari quadam, 24 de septiembre de 1912, AAS 4 (1912), p. 658; Pío XI, cfr. Casti connubii, 31 de diciembre de 1930, AAS 22 (1930), pp. 579-581; Pío XII, Aloc. Magnificate Dominum al Episcopado del mundo católico, 2 de noviembre de 1954, AAS 46 (1954), pp. 671-672; Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, 15 de mayo de 1961, AAS 53 (1961), p. 457.

2.Cfr. Math., 28, 18-19.

3.Cfr. Math., 7, 21.

4. Cfr. Catechismus Romanus Concilii Tridentini, pars II, c. VIII; León XIII, Enc. Arcanum, 10 de febrero de 1880; Acta L. XIII, 2 (1881), pp. 26-29; Pío XI, Enc. Divini illius Magistri, 31 de
diciembre de 1929, AAS 22 (1930), pp. 58-61; Enc. Casti connubii, 31 de diciembre de 1930, AAS 22 (1930), pp. 545-546; Pío XII Alocución a la Unión Italiana médico-biológica de San Lucas, 12 de noviembre de 1944, Discorsi e Radiomessaggi, VI, pp. 191-192; al Convenio de la Unión Católica Italiana de Comadronas, 29 de octubre de 1951, AAS 43 (1951), pp. 853-854; al Congreso del "Fronte della Famiglia" y de la Asociación de Familias Numerosas, 28 de noviembre de 1951, AAS 43 (1951), pp. 857-859; al VII Congreso de la Sociedad Internacional de Hematología, 12 de septiembre de 1958, AAS 50 (1958), pp. 734-735; Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, AAS 53 (1961), pp. 446-447; Codex Iuris Canonici, can. 1067; 1068, párr.1; 1076, párr.1-2; Conc. Vaticano II, Const. Past. Gaudium et Spes, nn. 47-52.

5. Cfr. Alocución de Pablo VI al Sacro Colegio, 23 de junio de 1964, AAS 56 (1964), p. 588;
a la Comisión para el estudio de los problemas de la población, de la familia y de la natalidad,
27 de marzo de 1965, AAS (1965), p. 388; al Congreso Nacional de la Sociedad Italiana de
Obstetricia y Ginecología, 29 de octubre de 1966, AAS 58 (1966), p. 1168.

6. Cfr. I Jn., 4, 8.

7. Ef., 3, 15.

8. Conc. Vat. II, Const. Past. Gaudium et spes, n. 50.

9. Cfr. Sto. Tomás, Sum. Teol., I-II, q. 94, a. 2.

10. Cfr. Gaudium et Spes, nn. 50 y 51.

11. Ibid., n. 49, 2o.

12. Cfr. Pío XI, Enc. Casti connubii, AAS 22 (1930), p. 560; Pío XII, AAS 43 (1951), p.
843.

13. Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, AAS 53 (1961), p. 447.

14. Cfr. Catechismus Romanus Concilii Tridentini, pars. II, c. VIII; Pío XI, Enc. Casti Connubii, AAS 22 (1930), pp. 562-564; Pío XII, Discorsi e Radiomessaggi, VI, pp. 191-192, AAS 43
(1951), pp. 842-843, pp. 857-859; Juan XXIII, Enc. Pacem in terris, 11 de abril de 1963, AAS 55 (1963), pp. 259-260; Gaudium et Spes, n. 51.

15. Cfr. Pío XI, Enc. Casti connubii, AAS 22 (1930), n. 565; Decreto del S. Oficio, 22 de febrero de 1940, AAS 32 (1940), p. 73; Pío XII, AAS 43 (1951), pp. 843-844; AAS 50 (1958), pp. 734-735.

16. Cfr. Catechismus Romanus Concilii Tridentini, pars II, c. VIII; Pío XI, Enc. Casti connubii,
AAS 22 (1930), pp. 559-561; Pío XII, AAS 43 (1951), p. 843; AAS 50 (1958), pp.
734-735; Juan XXIII, Enc. Mater et Magistra, AAS 53 (1961), n. 447.

17. Cfr. Pío XII, Aloc. al Congreso Nacional de la Unión de Juristas Católicos Italianos, 6
diciembre 1953, AAS 45 (1953), pp. 798-799.

18. Cfr. Rom., 3, 8.

19. Cfr. Pío XII, Aloc. a los Participantes en el Congreso de la Asociación Italiana de Urología, 8
octubre 1953, AAS 45 (1953), pp. 674-675; AAS 50 (1958), pp. 734-735.

20. Cfr. Pío XII, AAS 43 (1951), p. 846.

21. AAS 45 (1953), pp. 674-675; Aloc. a los Dirigentes y Socios de la Asociación Italiana de
Donadores de Córnea, AAS 48 (1956), pp. 461-462.

22. Luc., 2, 34.

23. Pablo VI, Enc. Populorum Progressio, 26 de marzo de 1967, n. 21.

24. Cfr. Rom., cap. 8.

25.Cfr. Conc. Vat. II, Decreto Inter Mirifica sobre los medios de comunicación social, nn. 6-7.

26. Cfr. Enc. Mater et Magistra, AAS 53 (1961), p. 447.

27. Cfr. Enc. Populorum Progressio, nn. 48-55.

28. Gaudium et Spes, n. 52.

29. Cfr. AAS 43 (1951), p. 859.

30. Gaudium et Spes, n. 51.

31. Cfr. Mat., 11, 30.

32. Cfr. Gaudium et Spes, n. 48; Conc. Vat. II, Const. Dogm. Lumen Gentium, n. 35.

33. Mat., 7, 14; cfr. Hebr., 12-11.

34. Cfr. Tit., 2, 12.

35. Cfr. I Cor., 7, 31.

36. Rom., 5, 5.

37. Ef., 5, 25, 28-29, 32-33.

38. Cfr. Lumen Gentium, nn. 35 y 41; Gaudium et Spes, nn. 48 y 49; Conc. Vat. II, Decret.
Apostolicam Actuositatem, n. 11.

39. Cfr. Lumen Gentium, n. 25.

40. I Cor., 1, 10.

41. Cfr. Jn., 3, 17. Leer más...

noviembre 25, 2008

LA CASTIDAD CONYUGAL


Ante tantos consejos referidos a que si viviéramos como hermanos, podríamos accecer a los Sacramentos, creemos oportuno recordar el tema de la castidad conyugal, el cual está dirigido a los matrimonios sacramentados.

1. A la luz de la Encíclica Humanae vitae, el elemento fundamental de la espiritualidad conyugal es el amor derramado en los corazones de los esposos como don del Espíritu Santo (cf. Rom 5, 5). Los esposos reciben en el sacramento este don juntamente con una particular "consagración". El amor está unido a la castidad conyugal que, manifestándose como continencia, realiza el orden interior de la convivencia conyugal.

La castidad es vivir en el orden del corazón. Este orden permite el desarrollo de las "manifestaciones afectivas" en la proporción y en el significado propios de ellas. De este modo, queda confirmada también la castidad conyugal como "vida del Espíritu" (cf. Gál 5, 25), según la expresión de San Pablo. El Apóstol tenía en la mente no sólo las energías inmanentes del espíritu humano, sino, sobre todo, el influjo santificante del Espíritu Santo y sus dones particulares.

2. En el centro de la espiritualidad conyugal está, pues, la castidad, no sólo como virtud moral (formada por el amor), sino, a la vez, como virtud vinculada con los dones del Espíritu Santo —ante todo con el don del respeto de lo que viene de Dios ("don pietatis")—. Este don está en la mente del autor de la Carta a los Efesios, cuando exhorta a los cónyuges a estar "sujetos los unos a los otros en el temor de Cristo" (Ef 5, 21). Así, pues, el orden interior de la convivencia conyugal, que permite a las "manifestaciones afectivas" desarrollarse según su justa proporción y significado, es fruto no sólo de la virtud en la que se ejercitan los esposos, sino también de los dones del Espíritu Santo con los que colaboran.

La Encíclica Humanae vitae en algunos pasajes del texto (especialmente 21, 26), al tratar de la específica ascesis conyugal, o sea, del esfuerzo para conseguir la virtud del amor, de la castidad y de la continencia, habla indirectamente de los dones del Espíritu Santo, a los cuales se hacen sensibles los esposos en la medida de su maduración en la virtud.

3. Esto corresponde a la vocación del hombre al matrimonio. Esos "dos", que —según la expresión más antigua de la Biblia— "serán una sola carne" (Gén 2, 24), no pueden realizar tal unión al nivel propio de las personas (communio personarum), si no mediante las fuerzas provenientes del espíritu, y precisamente, del Espíritu Santo que purifica, vivifica, corrobora y perfecciona las fuerzas del espíritu humano. "El Espíritu es el que da vida, la carne no aprovecha para nada" (Jn 6, 63).

De aquí se deduce que las líneas esenciales de la espiritualidad conyugal están grabadas "desde el principio" en la verdad bíblica sobre el matrimonio. Esta espiritualidad está también "desde el principio» abierta a los dones del Espíritu Santo. Si la Encíclica "Humanae vitae" exhorta a los esposos a una "oración perseverante" y a la vida sacramental (diciendo: "acudan sobre todo a la fuente de gracia y de caridad en la Eucaristía; recurran con humilde perseverancia a la misericordia de Dios, que se concede en el sacramento de la penitencia", Humanae vitae, 25), lo hace recordando al Espíritu Santo que "da vida" (2 Cor 3, 6).

4. Los dones del Espíritu Santo, y en particular el don del respeto de lo que es sagrado, parecen tener aquí un significado fundamental. Efectivamente, tal don sostiene y desarrolla en los cónyuges una singular sensibilidad por todo lo que en su vocación y convivencia lleva el signo del misterio de la creación y redención: por todo lo que es un reflejo creado de la sabiduría y del amor de Dios. Así, pues, ese don parece iniciar al hombre y a la mujer, de modo particularmente profundo, en el respeto de los dos significados inseparables del acto conyugal, de los que habla la Encíclica (Humanae vitae, 12) con relación al sacramento del matrimonio. El respeto a los dos significados del acto conyugal sólo puede desarrollarse plenamente a base de una profunda referencia a la dignidad personal de lo que en la persona humana es intrínseco a la masculinidad y feminidad, e inseparablemente con referencia a la dignidad personal de la nueva vida, que puede surgir de la unión conyugal del hombre y de la mujer. El don del respeto de lo que es creado por Dios se expresa precisamente en tal referencia.

5. El respeto al doble significado del acto conyugal en el matrimonio, que nace del don del respeto por la creación de Dios, se manifiesta también como temor salvífico: temor a romper o degradar lo que lleva en sí el signo del misterio divino de la creación y redención. De este temor habla precisamente el autor de la Carta a los Efesios: "Estad sujetos los unos a los otros en el temor de Cristo" (Ef 5, 21).

Si este temor salvífico se asocia inmediatamente a la función "negativa" de la continencia (o sea, a la resistencia con relación a la concupiscencia de la carne), se manifiesta también —y de manera creciente, a medida que esta virtud madura— como sensibilidad plena de veneración por los valores esenciales de la unión conyugal: por los "dos significados del acto conyugal" (o bien hablando en el lenguaje de los análisis precedentes, por la verdad interior del mutuo "lenguaje del cuerpo").

A base de una profunda referencia a estos dos valores esenciales, lo que significa unión de los cónyuges se armoniza en el sujeto con lo que significa paternidad y maternidad responsables. El don del respeto de lo que Dios ha creado hace ciertamente que la aparente "contradicción" en esta esfera desaparezca y que la dificultad que proviene de la concupiscencia se supere gradualmente, gracias a la madurez de la virtud y a la fuerza del don del Espíritu Santo.

6. Si se trata de la problemática de la llamada continencia periódica (o sea, del recurso a los "métodos naturales"), el don del respeto por la obra de Dios ayuda, de suyo, a conciliar la dignidad humana con los "ritmos naturales de fecundidad", es decir, con la dimensión biológica de la feminidad y masculinidad de los cónyuges; dimensión que tiene también un significado propio para la verdad del mutuo "lenguaje del cuerpo" en la convivencia conyugal.

De este modo, también lo que —no tanto en el sentido bíblico, sino sobre todo en el "biológico"— se refiere a la "unión conyugal en el cuerpo", encuentra su forma humanamente madura gracias a la vida "según el Espíritu".

Toda la práctica de la honesta regulación de la fertilidad, tan íntimamente unida a la paternidad y maternidad responsables, forma parte de la espiritualidad cristiana conyugal y familiar; y sólo viviendo "según el Espíritu" se hace interiormente verdadera y auténtica.


JUAN PABLO II

AUDIENCIA GENERAL

Miércoles 14 de noviembre de 1984 Leer más...

agosto 13, 2008

LECTURA NECESARIA

El 22 de Febrero de 2007. S.S. Benedicto XVI, nos invita nuevamente a la reflexión con la Ex. Ap.a Sacramentum Caritatis, donde existe una consideración expresa (29) a los divorciados vueltos a casar.


Con el mismo criterio, que con la Exhortación Apostólica Familiaris Consortio, que hemos incluido en este blog, omitiremos cualquier análisis, esperando que en caso de dudas respecto a su interpretación y contenido, las mismas sean evacuadas por los Asesores Espirituales de cada uno.


En la última parte, aparecen una serie de documentos, que oportunamente podremos ir incorporando y que nos permitirán entender en profundidad la situación y la verdadera posición de la Iglesia, sin interpretaciones de ningún tipo.


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agosto 12, 2008

SALVANDO OMISIONES

Una pregunta formulada desde Dallas, Texas ( EEUU) nos ha hecho recapacitar respecto de las posibles omisiones de nuestro Blog.
Para remediar en parte nuestro error, insertamos uno de los tantos sitios en los cuales se puede ver la Ex. Apost. Familiaris Consortio.


http://www.vatican.va/holy_father/john_paul_ii/apost_exhortations/documents/hf_jp-ii_exh_19811122_familiaris-consortio_sp.html


Dicho documento, elaborado por SS Juan Pablo II y difundido a finales de 1.981, aborda diferentes cuestiones, entre ellas la situación de los Divorciados vueltos a unir y ha servido de material de inicio para muchos grupos pastorales que en la actualidad se desarrollan en todo el mundo.

Si bien su lectura y comprensión aportan luz sobre diferentes cuestiones, todas muy importantes, en lo que a nuestra problemática se refiere, se encuentra plasmada en el artículo 84)

A sabiendas que dicho artículo ha sido entendido de diferentes maneras y a fin de no aportar nuevos elementos a la posible confusión, evitaremos interpretarlo para dejar esa tarea a quienes deben ser, sin dudas, los mejores interlocutores, o sea nuestros párrocos, quienes seguramente sin ningún inconveniente podrán dar las explicaciones que correspondan y satisfacer las dudas que puedan surgir respecto de su verdadero alcance.
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DESDE ESTOS PAISES NOS VISITAN. A POCO LO IREMOS POBLANDO (Este lo iniciamos el 26/11/13)